The Man in the Arena

No importan las críticas; ni aquéllos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquéllos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquéllos que perseveran con valentía; aquéllos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto. Aquéllos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquéllos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso.

Theodore Roosevelt, vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, en un fragmento del discurso titulado «The Man in the Arena» que dio en La Sorbona de París en 1910 y que fue el que entregó Nelson Mandela al capitán del equipo de Sudáfrica antes del inicio de la Copa del Mundo de Rugby de 1995.

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